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viernes, 6 de noviembre de 2015

¿Quién reseña al reseñador?

Todos hemos buscado en multitud de ocasiones opiniones sobre libros que nos han llamado la atención, pues no está el asunto como para dejarse el dinero en cualquier cosa.
Ojeamos blogs donde se reseñan estos libros, comparando luego las opiniones que más nos han parecido acertadas, o que nos han convencido, para mal o para bien.
Es durante este periplo donde nos encontramos a los más variopintos reseñadores, la gran mayoría de los cuales ponen todo su corazón en lo que hacen. Muchos son aficionados que nos ofrecen su más sincera opinión, que en demasiadas ocasiones reflejan sus gustos particulares y no una crítica en detalle y/o constructiva, analizando una obra desde el punto de vista de un lector imparcial. Es comprensible, pues como decía, esta labor es más una afición que no una profesión para esta gente.
De entre toda la blogosfera “reseñil” acabamos encontrando blogs que son seguidos masivamente. Ahí, muchas veces, son varias personas las que lo llevan, firmando cada uno las reseñas que realizan, encontrando entonces más variedad de opiniones y gustos; los hay que incluso varios de los colaboradores leen el mismo libro para que podamos comparar, cosa que se agradece y evita que demos muchas vueltas por Google.
Es de resaltar las críticas sinceras, constructivas y en las que se nota que no hay amiguismos entre escritor o editorial y el bloguero, pues eso es una lacra que, por desgracia, se da demasiado a menudo y no le hace ningún favor al mundillo literario, sobre todo a los autores que empiezan o llevan poco tiempo en esto. Se entiende la buena fe, pero cuando algo es malo, lo es y punto; al igual que si es bueno no hay que discutirlo. Aunque, en mi modesta opinión, siempre debe haber un “pero”; siempre.
Hace un tiempo leí un libro que en un conocido y prestigioso blog en Facebook celebraban como algo fuera de serie, genial, brutal, escandalosamente tan bueno que si no lo leías te podías convertir en una especie de lector proscrito y señalado. Yo ya estaba tentado a comprarme aquella novela, y leer aquella crítica acabó por convencerme.
Qué sorpresa me llevé cuando aquel libro era un despropósito a todos los niveles: faltas de ortografía, reiteración de explicaciones, repetición constante de palabras, párrafos y más párrafos de relleno, topicazos dentro de su género, ideas sacadas de mil y una películas, etc. Algo aberrante y doloroso para los ojos. Aún y así me terminé aquella novela por si el final justificaba los euros que me había dejado; que fue que no.
Así pues, tras reflexionar, llegué a la conclusión de que para ser un buen reseñador (y ojo, que yo no pretendo serlo, y espero que ninguno de ellos se me ofenda por este análisis, pues intenta ser constructivo) uno debe dejar de lado amistades, gustos y prejuicios. Puedes haberte empapado toda la bibliografía de Stephen King o Tolkien, y creerte el mayor especialista en un género en concreto, pero todo buen lector debe recordar que hay un más allá, que la literatura es muy amplia, inabarcable diría yo, y hay escritores que pueden experimentar, mezclar estilos y géneros; en definitiva, buscar ser diferentes y no tener complejos.
Recuerdo que con mi primera novela, “El final de todos los inviernos”, hubo alguien que se escandalizó porque el amor entre los protagonistas no era precisamente algo parecido a lo leído en Crepúsculo. En esa historia, el amor que trato va más allá de lo carnal, de la mera atracción física; hablo del amor al espíritu, a no darle importancia al físico. Valoraba lo platónico y el sacrificio que alguien puede hacer con tal de ver a su amada o amado feliz, sin importarle lo más mínimo qué le puede suceder a uno mismo. En aquel caso, la lectora se sintió decepcionada, y en vez de comprender, o preguntar para intentar hacerlo, sencillamente dijo que el libro no valía la pena.
Hay tres cosas que de las que debe huir un reseñador, una es esa, tener la mente cerrada, por mucho que se crea un erudito. La segunda son los amiguismos, terrible arma contra los amigos, pues estar todo el día diciéndole a alguien que es la leche sólo porque te cae bien no le ayuda en nada.
Y la tercera, y muy importante, por eso cambio de párrafo para señalarla, es evitar siempre referencia alguna contra el autor. Eso me lo he encontrado hace poco, y no fue una ofensa ni nada parecido, pero sí se prejuzgó un aspecto de mí que, lejos de molestarme, pues la opinión que los demás tengan sobre mi persona me la trae muy floja, en otras personas puede ser motivo de declaración de guerra.
Por mucho que se lea sobre alguien en las redes, nunca conoceremos su realidad, ni los motivos por los que escribe, dibuja, etc., y, sobre todo, qué le lleva a plasmar algo en concreto en su obra.
Al igual que a los escritores se les pide profesionalidad, aunque publiquen por su cuenta en Amazon, o donde sea, a quienes se paran a realizar una reseña también se les debe exigir lo mismo, y para eso, amigos y amigas, hay que leer de todo y abrir la mente, que hay mucho sabelotodo suelto con su propia legión de palmeros detrás.
Lo mejor es limitarse a un “Me ha gustado” o un “No me ha gustado”. Y listo.


miércoles, 4 de noviembre de 2015

Relato para el VI Concurs de narrativa Fantàstica i de Terror d'Encamp (Versión en español)

Este año me vuelvo a presentar a este concurso. Como muchos no comprendéis el catalán, os dejo una traducción al español de mi relato, y si lo veis merecedor de vuestro voto, entrad en el enlace que o dejo a continuación y le dais al "Me Gusta" de facebook.


Niños de la guerra


El barro se agarraba a las botas como la madre que no nos quiso ver partir, suplicando a la altura de nuestras rodillas, sabiendo tan bien como nosotros que el enemigo se encontraba al otro lado de la densa cortina de agua que barría por completo aquella ciudad en miniatura. Allí delante estaba, nos llamaba sin más intención que la de devorarnos. Sus fauces asustaban a nuestras empequeñecidas almas, a nuestros cuerpos cansados y asfixiados por las interminables jornadas de lluvia que ralentizaban nuestro avance.
El sargento había perdido su habitual buen humor días atrás, cuando los tanques que nos escoltaban se rindieron ante el puente derruido que conducía a aquella maldita villa que debíamos tomar sí o sí. Nadie entendía qué lógica estratégica tenía aquel apartado lugar, pero la cuestión era que el batallón donde más tarados había debía tomarla y no dejar títere con cabeza.
No había tiempo para el miedo mientras avanzábamos en fila de a dos, separados del compañero por un par de metros, atentos a cualquier movimiento sospechoso o, y trago saliva al recordarlo, al zumbido de un obús; todos sabíamos por experiencia que escucharlo era tenerlo encima en cuestión de segundos. Así que agachados caminábamos, soportando el golpeteo terrible del agua, aplastando los cascos sobre nuestras cabezas, minando nuestra moral más que el peso de las mochilas y la munición extra.
Alguien alzó el puño en la primera fila, y todos nos detuvimos, expectantes, con el corazón latiendo salvaje en la boca, aferrados a nuestros fusiles como si de ellos dependieran realmente nuestras vidas. Así nos lo enseñaron, así conseguiríamos sobrevivir. Tras unos minutos, durante los cuales la lluvia amainó, soportamos entre escalofríos el creciente viento, que parecía provenir de la población, que estaba más cerca de lo que intuíamos a través de la cortina de agua.
Aquel puño se convirtió en una flecha que nos puso de nuevo en movimiento, manteniendo la formación.
Fue entonces cuando se escuchó el temido zumbido.
El obús cayó en mitad de la fila, reventando pocos metros más adelante de mi posición, esparciendo barro, piedras y miembros amputados por igual, sin hacer distinciones, despreciando la vida tanto como lo habíamos hecho nosotros cuando matamos a los primeros soldados que gritaron mientras corrían a nuestro encuentro. Muchos lograron parapetarse en trincheras que, seguramente, deberían estar de haber estado llenas de enemigos de no encontrarse prácticamente inundadas. Disparando sin apuntar, componiendo una macabra melodía a la que nuestro entrenamiento nos había enseñado a poner ritmo y compás, contestamos al ataque.
Volaron las granadas, silbaron las balas al pasar, estallaron más obuses, y la nubes, de nuevo, se mostraron implacables; parecía que nos concedía el tiempo suficiente para volver a juntarse después de cada aguacero.
Todos luchábamos sabiendo que no habría un nuevo mañana si nos parábamos a respirar. Ellos defendían sus vidas, sus hogares, posiblemente a sus familias, pero nosotros estábamos allí para quitárselo todo, por malos; Eso es lo que siempre dicen los buenos. La guerra, me dijo una vez un general, es un montón de disparos que terminan cuando un bando le quita la razón al otro. Pero eso a nosotros no nos importaba. Con tal de salir vivos de allí, hicimos lo que bien pudimos.
Tomamos sin sufrir muchas bajas la última trinchera antes de entrar en el pueblo, acribillando a sus ocupantes, haciendo de aquel lugar nuestra fortificación. Rezamos porque nuestros tanques llegasen pronto por el camino alternativo que habían encontrado los exploradores, más largo pero asfaltado. De mientras, éramos nosotros los que comíamos barro y trozos de cemento escupido por los obuses al caer.
Perdimos casi a la mitad del regimiento en diez minutos interminables. Sólo Dios y nosotros sabíamos que aquella gente se estaba defendiendo dándolo todo desde el primer disparo. No tenían más estrategia que la de salir a matar o morir. Nuestros mandos parecían pensar rápido, demasiado para todos los movimientos que nos indicaban a gritos i gestos agresivos. El miedo empezaba a sobrevolar nuestras cabezas, entrando y saliendo de las mentes a un ritmo cada vez más acelerado, rebanándonos los sesos y anudándonos los nervios a los huesos.
Vi a dos de mis compañeros caer a mi lado con un agujero en los cascos. La sangre se mezclaba con el agua que me cubría hasta las rodillas, que entumecía mis miembros y dificultaba mi respiración, ya de por sí agitada.
Algo estalló sobre mi cabeza, una granada lanzada antes de tiempo, deduje, agradeciendo las prisas de quien la había tirado. Un pitido ensordecedor me alejó del mundo durante varios minutos, desorientándome, taladrándome el cerebro con una contundencia que jamás había experimentado. Quise quitarme el casco en un gesto instintivo, buscando que el frescor de la lluvia mitigase el mareo que sentía, pero temí que mis sesos pudieran desparramarse al hacerlo.
Entonces corrí, sin saber muy bien por qué; quizá fustigado por el miedo o por la locura, pero me dirigí hacia un muro con pinta de durar poco en pie. Miraba a un lado y a otro, procurando orientarme, distinguir a los míos, que por alguna extraña razón no avanzaban. Nuestras balas volaban por millares, destrozando cristales y ladrillos, mientras que el enemigo parecía conformarse con permanecer fuera de nuestro campo de visión. Cierto era que íbamos cayendo, poco a poco, pese a la intensidad de nuestro ataque, pero no conseguíamos penetrar en la villa. Algo no iba bien. El aire ocultaba algo detrás de los zumbidos de las balas.
En un momento dado, comprendí que era el único que había pisado el perímetro urbano. Saqué valor de aquella situación y corrí calle adentro, gritando, pisando los sucios charcos, buscando desesperadamente un lugar donde ocultarme; iba disparando a lo loco mientras mis compañeros cubrían mi internada.
Me dejé caer detrás de un viejo coche, oxidado, sin color en la chapa y las ruedas deshinchadas, como si llevase allí un siglo parado. Mirando por una de las ventanillas, carentes de vidrio, seguía sin ver al enemigo, todo y que sus balas comenzaron a acribillar aquella carrocería que se hacía polvo, como si fuera de arena.
No lo entendía. No se veían tan siquiera los fogonazos de los fusiles al escupir la munición. La falta de lógica se aferró a mi cordura, la estrujó sin piedad, e hizo que me pusiera en pie y comenzase a disparar sin apuntar, como un demente, arrasando cuanto había calle abajo.
Entonces los vi: sombras, siluetas etéreas que no se ocultaban, protegidas hasta aquel momento por la incesante lluvia.
Dos aguijonazos sacudieron mi torso, tan certeros como dolorosos, comprendiendo en aquel momento que nuestro enemigo no era real, que los fantasmas del pasado habían vuelto para vengar los agravios de cualquiera de las guerras que desde hacía siglos bañaban con la sangre de su pueblo la misma tierra que los vio nacer.
Caí de espaldas mientras todo mi alrededor empezaba a desvanecerse. El sonido de la lluvia se fue apagando junto a los gritos y los disparos, junto a palabras escupidas en un idioma que no entendía, por hombres de otro tiempo que pasaron por encima de mi cuerpo, ignorando la agonía en la que me hallaba.
Mis compañeros estaban acabados; mis amigos, mis hermanos. Ningún arma, ningún tanque de refuerzo, podría detener la furia del pasado.
Y es ahora cuando comprendo qué es la muerte: una fría sensación de abandono. Nada más. Ni gloria, ni orgullo... nada, solo un menguante dolor que acompaña el cerrar de mis párpados.
Mis ojos ya no ven, mis oídos ya no escuchan y no puedo hablar, quejarme, llorar. El olor de la pólvora, de la sangre  y del asfalto mojado deja paso a un aroma dulce mientras las terminaciones nerviosas de mi piel van perdiéndose entre la bruma que me engulle.
Me siento caer, dentro de la negrura, en un abismo de paz, acompañado por ese olor que me recuerda a mi infancia.
Mi cuerpo se estabiliza, como tendido sobre una mullida cama, y un leve resplandor perfila mi cuerpo. Más allá veo una figura acercarse, una silueta femenina, juraría. Viene hacia mí, y no puedo evitar recordar las viejas historias que me contaba mi madre sobre vikingos que, al morir con honor, eran llevados al paraíso por las Valquirias.
Morir con honor, río para mí.
La mujer se detiene y me mira. Tiene cara de ángel, pelo negro, largo como el vestido que luce, tan oscuro que se confunde con el entorno que nos acoge. Presto atención a sus ojos, dos estrellas, dos supernovas a punto de explotar y esparcir la calidez que transmiten por este vasto vacío.
Algo en ella me es familiar, que no es la primera vez que la veo. Pero no recuerdo dónde la conocí.
Alarga la mano, y en ella sujeta un candil que emite una débil luz, un resplandor que me engaña y descubre ante mí la figura de una esquelética dama cuya piel se pega a sus huesos, como si no tuviera músculos, ni venas tan siquiera... ni órganos. Las cuencas de sus ojos son aún más negras que el abismo donde nos encontramos, y de su boca sin lengua salen palabras que comienzan a grabarse en mi piel, a fuego, provocando que mi alma se retuerza e intente escapar de este cuerpo inerte en que  estoy prisionero.
-Termina tu invierno –me dice su silencio ardiente-, y el último viaje de aquel que no ha comprendido el significado de la vida. Has derrochado el tiempo en lo banal, como hacéis todos, y ahora que quieres lamentarte debo contestar que no, que nunca podrás hacerlo.
No logro entender sus palabras, pero el fuego permanece sobre mi cuerpo, penetrando por cada poro de mi piel. Siento dolor, y miedo, un terror que jamás había experimento, el anhelo desesperado por escapar de su vacía mirada. ¿Es ella la muerte?
-Hoy te unirás a mis tropas –continúa, inmóvil, con la boca abierta, mostrándome el infierno de mi actos-, y contigo vendrán todos los tuyos.
-Tropas... ¿Qué tropas?
-Aquellas que defienden este lugar –me dice con una sonrisa que detalla unos dientes podridos, ocultos por una piel que no es más que una parodia de labios-, las mismas que habéis intentado derrotar desde hace muchos años.
Lloro, pues comprendo lo que me dice. Aquel es un pueblo maldito, un lugar a donde van a parar los incautos, los locos y los suicidas; también los que son enviados por dirigentes sin alma.
-Avanzar hacia la victoria es el camino más corto hacia la derrota –me dice, sin atender a mi llanto.
Entonces ella cambia, y vuelvo a ver a mi madre, agarrada a mis rodillas, limpias, sin barro, y junto a ella a las madres de mis compañeros, todas tiradas a mis pies, llorando, clamando por sus hijos muertos, cuyos cuerpos se esparcen desmembrados en un campo sin horizonte, sobre un mar rojo, hirviente. Ellas, dando forma a una isla que me atrapa, rasgan con sus uñas mis ropas, mi piel, derramando una sangre que ya creía evaporada.
Fui un estúpido al creer que la guerra nos haría más hombres, mejores personas. No puedo culpar a nadie más por el fracaso de mi inmadurez, de las palabras que hilaron para convencernos de que en la batalla nos volveríamos dioses.
Pero no, sólo somos títeres de un sistema que no conoce la realidad, una verdad que nada sabe de la Muerte, de esta dama que ríe ante el engaño en el que hemos caído.
Engañados como niños.
Así pues acepto arrepentido este dolor, el eterno frío de una muerte que no consumirá mi alma hasta que el barro de mis botas no se haya desprendido de ellas...
...y llueve, todavía sigue lloviendo en el campo de batalla, pues más hombres vendrán a luchar; muchos más serán asesinados.

Fin

lunes, 2 de noviembre de 2015

"El sueño inefable" narrado en Youtube

Jesús Vera, locutor y colaborador del grupo Mediática, incombustible a la hora de dar a conocer las obras que le gustan y entusiasman, vuelve a concederme el honor de escuchar una de mis obras bajo la magia de su voz y el arte de sus montajes.
Si hace un par de años nos deleitó con "Espejismo", ahora se atreve con tres fragmentos de "El Sueño Inefable". 
Espero que os guste tanto como a mí.
Si quieres la novela, visita mi web y consíguela sin problemas pinchando aquí.