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viernes, 10 de enero de 2014

El Yermo

Sublime libro la que he terminado de leer: "El Yermo", de Sergi Llauger, ha conseguido que me enganche como no lo hacía en mucho tiempo a una novela. La historia es brutal, cruda, dura, donde los sentimientos son aplastados continuamente, pero resurgiendo de sus cenizas para sobreponerse a toda la miseria humana que rodea ese mundo post-apocalíptico que tan bien se nos describe. Los personajes crecen ante nosotros, madurando y llevando al extremo su instinto de supervivencia, inmersos en una espiral de caos y muerte tan creíble como la vida misma. Decir que es un libro altamente recomendable es poco... es imprescindible para los amantes de la buena literatura, de la fantasía, del terror y las aventuras.


lunes, 6 de enero de 2014

Amanecer

Charlando con la escritora Marisa Sama ("Atrapada en 1800", Editorial Círculo Rojo), me propuso un reto: escribir algo alegre sin utilizar algunas de mis palabras fetiche: Muerte, Destrucción, Funesto, Lágrimas y Cuervo.
Con el reto aceptado, este relato es el resultado. Espero que os guste. ¡Ya me diréis!

Amanecer


-¿Has encontrado lo que buscabas? –le preguntó la muchacha mientras volvía a acariciar los pétalos de la flor que tomaba como si de un bebé se tratara.
Lit cerró los ojos para sentir mejor la brisa que le removía su pelo cobrizo, pensando una respuesta que se aproximase a la verdad. , le hubiese gustado responder, pero el no tampoco le disgustaba del todo. Saber que podía seguir mirando la bóveda celestial era un regalo para sus ojos, y el placer de sentir la hierba entre los dedos de sus pies mientras lo hacía le colmaba de gozo su pequeño e inexperto corazón.
-Hay tanto qué mirar, que si lo he encontrado, no me he dado cuenta –le contestó finalmente a la joven, que sonreía en el reflejo de sus ojos azules-. Seguiré buscando, tengo toda la noche.
Y no mentía, pues Lit era una ninfa, y las ninfas solo dicen la verdad.
Se tumbó nuevamente, y el rocío de la noche le hizo cosquillas en sus piernas y manos al tiempo que empapó con un suave abrazo sus doradas alas. Se sentía bien, feliz, bajo la atenta mirada de las estrellas, que esperaban dispuestas a seguir con el juego.
La joven, entre tanto, mecía con ternura a la pequeña flor somnolienta en su regazo. Cuando por fin su flor alcanzó el sueño, la acostó junto a sus hermanas, y se tumbó cerca de Lit, indagando en la mirada de la pequeña ninfa, quien ya conversaba en silencio con el viento, que portaba la canción de la noche y los árboles, que se balanceaban condescendientes tras la colina donde se encontraban.
Vio en las grandes pupilas de su compañera todas aquellas luces que desde el pasado acudían a observarlas, constelaciones meciéndose en la bondad de aquella mirada inquieta que se sumergía con placer en la sabiduría de la naturaleza y sus secretos.
-Si me dices qué buscas, podría ayudarte a encontrarlo –se ofreció la muchacha-, sea  lo que sea.
La verdad era que cuando todas las flores dormían, ella se aburría, y cualquier motivación era deseable. No tenía la paciencia de su amiga, pero era de mente inquieta también, y aquella noche no le apetecía dormir.
-No sé muy bien qué es –le confesó Lit, sonriendo, imaginando aquello que no conocía-, pero lo llaman Sol.  Hay quien dice que es una estrella, pero cuando le pregunto a ellas se ríen, y no dejan de explicarme historias de tiempos antiguos, de cuando eran jóvenes. ¡Son tan viejas que nosotras no habíamos nacido todavía cuando ellas dieron forma a la noche, imagina!
-Guau –la joven se quedó boquiabierta, maravillada ante aquella longevidad.
-Pero no han escuchado nunca hablar de ese Sol –continuó la pequeña ninfa, maravillada por la sonrisa de la gran Aldebarán, siempre imponente en el corazón de Tauro-. Sólo saben de él por leyendas, canciones y antiguos escritos que durante milenios han sido trazados en torno a ese misterio. Pero nadie que haya pisado esta tierra nocturna dice haberlo conocido.
-Es un misterio, en verdad.
-He preguntado tanto en el cielo como en la tierra, pero el sueño de unos y la ausencia de otros, no me muestran el camino a seguir.
Pese a todo, Lit no se dejaba atrapar por el desánimo. Cada noche indagaba en aquel misterio, preguntando y escuchando, mirando, observando, sonriendo ante cada historia que le era contada aunque no tuviera nada que ver con el mito del Sol.
La luna le contó el sueño que tuvo una vez, cuando, mientras observaba la vida entre la arboleda, dio con su propio reflejo en el agua cristalina del río, pues éste es manso y complaciente con quienes le regalan su mirada. Dice que cayó dormida en los brazos de Morfeo, quien bailó con ella mientras le susurraba historias de un mundo lejano lleno de luz y sonidos alegres que invitaban a cantar.
Lit guardó aquel relato en su corazón, y cada noche lo lee antes de volver a preguntar.
Los grillos tarareaban un dulce tonada mientras un silencio armonioso crecía entre la ninfa y la joven, pues por palabras no precisaban más que el latir de sus corazones. Sus ojos buscaban incansables, al unísono, y sus sonrisas resplandecían embriagadas por el sedoso perfume de la perfecta coreografía que era la noche.
Entonces una estrella fugaz cruzó el cielo.
-¡¿Has visto eso?! –La alegría de Lit fue como un fogonazo, un resplandor que maravilló a quien la contempló elevarse sobre la hierba, como si ella misma fuese una chispa caída de la cola de aquel cometa.
La joven también se puso en pie, y las dos celebraron con un cómico baile el acontecimiento. Sus corazones, que latían henchidos de júbilo, comenzaron a cantar, llevando aquel susurro con cada latir a todos los rincones del firmamento, donde las estrellas bailaron a su compás en improvisadas danzas que dibujaban nuevas y efímeras constelaciones.
Ninfa y muchacha se cogieron de la mano y saltaron colina abajo, siguiendo el haz de aquel cometa, desprendiendo al mismo tiempo ellas una perlada estela de rocío dorado que hizo brillar cada brizna de hierba, cada átomo que respiraba en la noche, como si de diminutas estrellas se tratasen.
-¡Quizá él sepa dónde podemos encontrar al Sol! -se entusiasmó la joven, despertando con sus alegres palabras a las flores, que somnolientas no comprendían el porqué de tanta algarabía.
Corrieron y corrieron, riendo y cantando, transportadas por el viento susurrante sobre colinas, bosques y ríos, dejando atrás sus sombras, viajando a una velocidad que sólo las estrellas podían comprender.
Lit permanecía embobada, absorta en el incesante movimiento ardiente de la cola del cometa, mientras su joven amiga tiraba de ella, hasta que sus grandes ojos acariciaron la luz radiante de las palabras de la muchacha, que la guiaba con decisión hacia un horizonte cálido donde el azul de su mirada fue adquiriendo el color dorado de la mañana.
Poco a poco, al tiempo que el cometa desaparecía en la lejanía, el verde de los árboles y la tierra comenzó a despertar. Las flores y el viento bostezaron, y cuando los grillos callaron, la monótona respiración del río despidió con cortesía a una luna que cerró los ojos al tiempo que los pájaros y las montañas se dieron los buenos días.
Tanto Lit como la joven comprendieron entonces el secreto, terminando así la búsqueda, desvelándose al fin el enigma: ella era el Sol, y su amiga el Amanecer, y si no recordaban nada por la noche era simplemente porque así lo desearon al principio de los tiempos, pues revivir cada mañana el milagro de la luz y la vida es lo más hermoso que nadie puede experimentar.
Y así abrigan cada día con sus corazones a todo aquel que en el frío de la noche espera para ver la luz de la esperanza, la luz del Sol. No hay niño ni anciano, mi árbol solitario ni piedra parada en el camino, que no despierten llevados por el brillo de estas dos sonrisas que por unos momentos, unos segundos siquiera, nos hacen amar nuestra vida y la de los demás.

Fin

David Arrabal Carrión, 05-01-14