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sábado, 31 de marzo de 2012

Poco a poco

Bien, parece que la primera noticia que hago pública de mi novela ha agradado al respetable. La portada triunfa y el primer capítulo ha enganchado... La gente de Facebook ha respondido, y a ellos les dedico mis más sinceras gracias. Ahora hay que sacar el hocico un poco más allá... a ver por donde empiezo... ¡Qué presión! Jajajaja!!

viernes, 30 de marzo de 2012

El primer capítulo

Disfrutadlo y opinad:


I

Se escuchaban infinidad de gritos por doquier, agónicos, furiosos, impotentes, de terror, maldiciendo al enemigo que mataba, las espadas al viento, la sangre derramada sobre los campos eternos, cuerpos profanados, pedazos de carne mutilada, vísceras desparramadas, cabezas abiertas, lanzas volando por los aires impactando en acelerados corazones, ríos rojos, lagos de fuego, miradas de rabia, odio, desesperación, sudor. Las espadas entrechocaban, escudos quebrados detenían crueles golpes, flechas certeras mataban sin honor, cabezas segadas, unos contra otros, hermanos contra hermanos, ángeles luminosos contra su propia luz.


Un resplandor, un fogonazo, se hundió como un puñal en sus ojos. No sabía cuánto tiempo había estado vagando por aquellos oscuros parajes de frío y hielo, pero su cuerpo parecía haber reco-brado el calor que le fue arrebatado. Valles de tinieblas espesas, rocas puntiagudas y cortantes, ríos de ácido helado que mordieron su piel y sus alas quebradas, todo ello dejado atrás en un penoso deambu-lar, desorientado, confuso.
Aquel círculo brillante, dibujado en lo que reconoció como la Raíz del Cielo, el firmamento del extinto Edén, le cegó por completo. Una eternidad a oscuras había vivido durante milenios, cegado en la desolada prisión en la que fue encerrado y condenado. Había sido despojado de su luz, de su calor, de sus rasgos angelicales, y bien podía ser confundido con una escultura de roca sucia, decrépita, olvidada en la cima de una desierta montaña a merced de los elementos.
Acostumbrados sus ojos a la luz de la luna llena que iluminaba aquel bosque por el cual había escapado del Infierno, contempló sus manos otra vez, miles de años después, pues no las había podido ver desde el día en que las contempló teñidas por su propia sangre.
Vida, había vida allí. Roedores y aves nocturnas; algo podía distinguir con su borrosa visión, viendo como se escabullían entre las piedras y la espesa maleza. Se arrastró por la tierra húmeda, dejando que su cuerpo desnudo y gris como la ceniza se embriagara de libertad, lejos de las invisibles y firmes cadenas del Abismo. Su mente estalló en mil y una sensaciones olvidadas: la caricia del viento, el olor de la tierra, el resplandor tenue de la luna, los olores de las plantas, los árboles, el murmullo de los animales durmientes, el reír de los que caminaban en la noche. Un canto de libertad, magia que nunca había podido borrar de su memoria las interminables torturas sufridas.
Sintiendo un leve dolor se puso en pie. Kilómetros se había arrastrado por un estrecho túnel que había excavado en la roca viva tan sólo con sus manos. Respiró hondo, abandonándose nuevamen-te al placer reencontrado de aquel mundo que milenios atrás le había cautivado; por aquel mundo y por los humanos, tan inocentes en su ignorancia hasta que el Caído los mancilló, o así lo creyó antes de la Guerra del Cielo. Privados con crueldad de la comprensión y la sabiduría, del bien y del mal, del libre albedrío… así los descubrió cuando la mano de Dios fue la única que los guió.
Poco a poco su visión se recuperó de milenios de ceguera. Estaba desnudo, muy delgado, es-quelético. Sus alas negras caían a lo largo de su espalda como una capa roída y desgastada. Tenía su largo pelo negro pegado a la cara, a la espalda y al pecho como si de un trapo mojado se tratase. Se miró el abdomen, viendo por un momento la sangre derramarse por la mortal herida que lo hundió en las tinieblas. Pero no había sido más que una terrible visión. La enorme cicatriz que lucía, negra como el ébano, era el único testimonio del recuerdo de su Caída, cuando se reveló y combatió la Palabra de Dios.
Avanzó algunos metros entre la foresta, pero no pudo evitar caer de rodillas sobre la hierba. Pese al entusiasmo y la libertad recobrada, sus fuerzas fallaron estrepitosamente. Ya no era un ángel, un ser de luz. Su cuerpo material, apto para el sufrimiento y el dolor en el Infierno, necesitaba nutrirse. Tan sólo su voluntad, su fuerte deseo de salir del Averno para reencontrarse con ella, le había permitido el prodigio que ahora disfrutaba.
Se dejó caer, abatido por un despiadado cansancio que parecía haberlo estado esperando tras las sombras de los árboles, listo para cazarlo justo cuando se sentía mejor. Una de sus manos temblaba frente a sus ojos. Estaba sucia, ennegrecida por la sangre reseca que había escapado de sus deterioradas venas al excavar en la roca que separaba el Infierno de aquel mundo de vida, calor y luz. En su dedo corazón observó un desgastado y sencillo anillo… despojado como fue de sus armas, olvidada quedó aquella pequeña joya en su dedo, tan olvidada que ni él mismo la recordó hasta aquel instante en que lo tuvo frente a sus ojos. El regalo de su amada.
-Batshemesh -susurró, forzando con gran dolor unas cuerdas vocales que llevaban siglos sin vibrar-… Batshemesh, he venido por ti.
Se puso en pie, tembloroso, soportando el dolor de sus extremidades con los dientes apreta-dos. Sabía que en aquellas condiciones no llegaría a sobrevivir una hora. Nutrirse era su principal preocupación ahora, ya que un ángel podía materializarse a voluntad o poseer el cuerpo de cualquier humano sin lastimar el alma de este, pero aquella ya no era una de sus virtudes. Para mantener un cuerpo de carne, sangre y hueso tenía que comer. El tormento volvió a su desgastada mente: carne humana para recobrar la materia, recordó, carne humana para poder caminar con pies terrenales por aquel mundo. Su débil cuerpo era una efímera ilusión en aquellas condiciones. El Infierno había sido una prisión dentro de otra prisión, pero el mundo de los hombres era el vehículo a través del cual participaba de la grandeza de la Creación. No estaba seguro a dónde se dirigía, pero caminó siguiendo un sendero que encontró a pocos metros de donde se encontraba. Podría intentar cazar un animal, una ardilla quizá, pero sabía que sería inútil. Debía comer carne humana para mantener su cuerpo y su fuerza, pues a la salida del sol todos los Guardianes serían conscientes de su presencia en aquel mundo que le fue prohibido y no dudarían en darle caza.
Caminaba preso del terrible crimen que debía cometer para seguir con vida, cuando cayó sobre la tierra nuevamente. Cerró los ojos y volvió a levantarse. Pensó entonces en aquella por quien había desafiado a su mismísimo Padre, por quien había logrado escapar del más terrible y oscuro de los mundos habidos, pensó en la humana que una vez fue su amor, su vida y consuelo en los tiempos en que la humanidad era joven y temerosa de Dios. Eran tiempos en los que la Palabra infundía devoción sobre una humanidad que el Creador manejaba a su antojo, creando y destruyendo civilizaciones con el único afán de dar con el paraíso perfecto. Recordaba ahora con una leve sonrisa la voz de la muchacha, su suave piel y sus ojos vivos e inteligentes. Él era su Guía, su Guardián, pero no pudo evitar enamo-rarse de ella. Quebrantó la Ley y la amó, la amó más que a su propia existencia, tanto que sabiendo del terrible castigo que recibiría, la mantuvo alejada de la mirada de Dios y de los demás ángeles.
Estaba agotado. Se apoyó en el tronco de un árbol justo cuando distinguió, no muy lejos de allí, unas luces fuera de la espesura del bosque; o eso le pareció distinguir. Respiró profundamente y se dirigió hacia allí.
-Batshemesh -repetía mientras caminaba. Ése era el nombre de su amada. Sabía que seguiría con vida después de tantos milenios. Quizá no ella misma, pero sí su alma.
Sintió en ese momento unas lágrimas sobre sus mejillas huesudas, un llanto que no podía evi-tar. El amor que los unió finalmente fue descubierto y por ello ambos sufrieron un cruel tormento. Él fue ejecutado, atravesado por la cruel espada de un arcángel, y arrojado al Abismo donde yacen los Caídos. El castigo a la mujer fue aún más terrible y atroz, condenada a renacer eternamente, a vivir una vida tras otra, siempre ignorando sus anteriores reencarnaciones. Nunca encontraría la dicha, ni el amor, ni la fortuna. Viviría alejada de los placeres y el camino de la miseria sería su senda a seguir, sin Guía ni Guardián, abandonada e ignorada por el Destino.
Por fin llegó a la linde del bosque. Frente a él se abrió el paisaje, quedando a sus pies las luces de una gran ciudad. Calculó que los primeros edificios estaban a unos cinco kilómetros de allí. No le quedaba más remedio que avanzar. El camino era cuesta abajo, plagado de socavones y desniveles que le entorpecieron sobremanera. Su creciente debilidad era el mayor obstáculo, provocándole caída tras caída. Al levantarse tras un nuevo traspié, se encontró sobre el asfalto de una carretera que serpenteaba descendiente. Miró hacia ambos lados, y tan sólo el viento corría por aquel lugar. Tambaleándose comenzó a caminar por allí, cansado de la irregularidad del terreno. La ciudad quedaba más cerca.
No sabía en qué punto de la Historia se encontraba. Tampoco sabía si aquel mundo era el Edén que contempló milenios atrás o si se trataba de un nuevo mundo más adecuado para los hombres. Las luces de colores en la noche le hicieron suponer que éstos no habían dado un paso atrás. No sentía el olor del fuego ardiendo en las antorchas ni en las hogueras de los hogares. ¿Dominarían entonces el arte de la electricidad?
Pero un atronador sonido lo devolvió a su inmediata realidad. Ante él apareció una luz amari-lla que lo cegó por completo. En pocos segundos, su cuerpo fue golpeado con gran violencia y quedó tirado sobre el asfalto, inmóvil.
Un coche detuvo su carrera con un frenazo que lo llevó al carril contrario. Del vehículo salie-ron dos chicas dejando tras de sí una estela de humo acumulado en el interior. Una de ellas dio unos pasos hacia el extraño cuerpo inerte que acababan de atropellar.
-No me jodas tía –gritó la que se quedó junto al coche-. Dime que no está muerto.
-Calla –le increpó la otra, dando un manotazo al aire-. Esto es muy raro.
-¿Qué pasa? –se interesó la primera, tirando la colilla de un porro al suelo.
-Joder, Sara… debe ser un travesti o algo –dedujo-, parece que lleva un abrigo de plumas. Mierda, no se mueve.
-Vámonos Andrea –Sara se acobardó y se metió en el coche-. Anda y que le den… seguro que está borracho.
En ese momento, justo cuando su amiga dio un paso atrás, el cuerpo tendido en el suelo se movió. Se puso en pie lentamente, acompañando cada movimiento con un quejido, con claros síntomas de dolor. Las dos muchachas se asustaron y sus mentes se nublaron. Sara, se sentó en el asiento del piloto y puso el coche en marcha. Andrea no supo reaccionar al contemplar la figura del ser alado que se irguió ante ella. Parecía un hombre, muy alto, de casi dos metros. Iba completamente desnudo y lo que ella había confundido con un abrigo de plumas no era otra cosa que dos alas negras. La luz de la luna no alumbraba lo suficiente como para mostrarle el rostro de aquel ser, pero sí pudo entrever un leve destello en sus ojos, inmersos en las sombras tras un cabello lacio y negro como la noche más oscura.
El ruido del motor de su coche la sobresaltó justo cuando aquel ser comenzó a caminar hacia ella. Sara estaba girando el vehículo, encarándolo hacia ella.
-Mierda, tía –gritó la conductora-, aparta, que me lo llevo por delante.
Andrea reaccionó tan lentamente que su amiga estuvo a punto de atropellarla cuando pasó de largo. Giró la cabeza tan rápidamente como pudo, esperando ver un nuevo accidente, pero no fue así. Aquel ser esquivó el coche, yendo este a salirse de la carretera y caer terraplén abajo con un gran estruendo. Andrea se arrodilló y rompió a llorar sin apartar la vista del lugar por donde había caído su amiga.
-Corre –le dijo el extraño ser, que olfateaba el aire percibiendo un aroma que ella no podía ni imaginar-. Corre, ve a tu hogar y olvida.
La chica sintió inmediatamente un miedo atroz, una terrible sensación de pánico recorrerle el cuerpo. La profunda voz de aquel hombre alado parecía surgir de un abismo, acompañada de un eco fantasmal. Se puso en pie aterrada, temblorosa, ignorando el accidente de su amiga, olvidándolo, y comenzó a correr carretera bajo, gritando, desquiciada.
Cuando la muchacha desapareció de su vista, el ángel gris volvió a olfatear sin preocuparse por lo sucedido. Había percibido el aroma de la pronta muerte, el olor de un alma a punto de abandonar su cuerpo. Descendió por el terraplén siguiendo las huellas del accidente. Pronto dio con el coche, estrellado contra unas grandes rocas. Inspeccionó el interior del vehículo y confirmó su certeza. Aquella humana estaba a punto de morir. Sin duda alguna, quitar la vida a los humanos no era de su agrado, nunca lo fue, pero necesitaba nutrirse. Así que acabó con la agonía de la chica que, inconsciente como estaba, no sintió su vida apagarse.
Por fin había comido. Su cuerpo recobró en pocos minutos la robustez perdida, la fuerza de antaño y la capacidad sensorial que hacía de los ángeles seres superiores. Su piel seguía siendo gris como la ceniza y sus alas, todavía deterioradas, reflejaban en su negrura la luz de la luna. Su largo pelo negro ondeaba con las suaves ráfagas de viento que esparcían el olor a sangre y gasolina.
Sintió una gran pena por aquella joven, por las personas que la llorarían, por las experiencias y sensaciones que ya no podría vivir, y eso, a Araziel le entristeció enormemente.

jueves, 29 de marzo de 2012

Cuenta atrás

¡Se ha dado el pistoletazo de salida! En unos veinte días, la novela estará en mis manos. Ahora hay mucho trabajo por hacer, pues a los puntos de venta habituales de la editorial, tengo que sumarle todos los que yo pueda conseguir. ¡A la aventura!

martes, 27 de marzo de 2012

Maquetación y portada

Madre mía, tres veces me he leído mi novela en dos días, hasta que la maquetación ha quedado niquelada. Y hoy la portada está lista! Seguimos adelante!!!

viernes, 23 de marzo de 2012

Comienza la aventura

Comienza la aventura, así es, tanto para Araziel, el protagonista, junto a la sufridora Irene, de "El final de todos los inviernos", como para mi.
Un año hace ahora, más o menos, que rebusqué entre mis viejas historias inacabadas, apuntes y demás, con la idea de dar forma a una historia.
Estaba cansado de no poder dedicarme en profundidad a mi otra gran pasión, dibujar cómics, así que, siguiendo un buen consejo, me centré en lo que tenía más "a mano".
Y así empezó a gestarse "El final de todos los inviernos", una historia entre lo desesperado de un amor maldito, venganza en plato frío y una revelación que iluminará toda la historia.
Así que, para estrenar este blog, dejo la siguiente noticia:

El libro saldrá a la venta en un mes, día arriba, día abajo, de la mano de Editorial Círculo Rojo.